Manuel Lecha

Lleva prácticamente 50 años vinculado al mundo social. Su primer contacto con el mundo penitenciario a los 19 años fue lo que despertó en él su llama y su verdadera vocación: tratar de conseguir que las personas más vulnerables puedan disfrutar de una vida digna. A pesar de estar ya jubilado, Manuel Lecha sigue vinculado día a día a su pasión, colaborando con varias entidades sociales y siendo uno de los referentes del mundo social en Barcelona.

Me encuentro con él en su despacho de la Obra Social Cor de Maria, en la calle Grassot de la Ciudad Condal, entidad de la que es Secretario. El objetivo: tratar de resumir en este breve artículo su labor social.

Nada más empezar, Manuel me lo pone fácil: «La vida es una serendipia. Es encontrar cosas inesperadas. La construimos y se nos construye a través de los retos diferentes que te va poniendo por el camino«. Está claro que él ha sabido y sabe escuchar la voz de su corazón y escoger su camino teniendo la valentía de seguirla. No siempre es fácil.

A los 12 años internó en un seminario de la Orden de la Merced

Manuel Lecha nació en 1951 en Ariño, un pueblo de Teruel. A los 12 años internó en un seminario de la Orden de la Merced situado en Reus siguiendo los pasos de un hermano de su madre que era Mercedario. Allí fue un alumno modélico, llegando a estudiar Filosofía y Teología.

La Orden de la Merced fue fundada en Barcelona en 1219 con el objetivo de liberar a los esclavos cautivos cristianos en poder de los musulmanes en el Norte de África. Desde entonces no ha dejado de trabajar en esta misión «de rescate», buscando la libertad y la dignidad de la persona. Hoy sigue desempeñando una extraordinaria labor en las cárceles, asistiendo a los presos.

Comenzó su trayectoria trabajando en prisiones

Mientras Manuel estudiaba, con 19 años, empezó a trabajar los fines de semana en la prisión de Valencia haciendo actividades diversas, «como harían ahora los educadores sociales«, apunta. Entonces estas figuras no existían.

«Nos llevaron a mí y a otro compañero para animar a los presos jóvenes a ir a la escuela. Organizamos con los presos un concurso similar a uno que había en televisión llamado ‘Cesta y Puntos’. Cada semana escogíamos un tema muy básico para participar en el concurso y animarlos a ir a la escuela. Había premios como paquetes de tabaco o vales para el economato. Los temas del concurso los trataba el maestro de la prisión durante la semana y conseguimos llenar la escuela.» – explica Manuel.

También montaron un coro con los presos y organizaban conciertos en los que actuaban diversos artistas: «Iba a venir Nino Bravo, pero falleció y, posteriormente, vino su banda y le dedicaron a él el concierto. Toda la galería se llenó y fue lo más impresionante que nunca he visto en prisión. Espectacular.«

Durante esa época Manuel se dio cuenta de que su vida empezó a cambiar de sentido. En lugar de dirigir su camino hacia ser profesor de filosofía o teología, empezó a sentir «el pellizco» por ese otro mundo que le atraía más.

Posteriormente, con 24 o 25 años, se trasladó a Barcelona y fue ordenado sacerdote Mercedario. Aunque él ya había dicho que su vocación era social y no quería ser cura, le insistieron en ello. Le dijeron que ya que estaba preparado, le ordenaban, y luego siempre podría decidir dejarlo. Pero nunca ejerció como sacerdote en una parroquia. Siempre fue cura en prisiones.

Empezó a vivir en unos pisos que había destinado su Orden religiosa en el Vall d’Hebron para chicos que salían de prisión. Era el año 75, cuando finalizaba la dictadura y comenzaba una nueva etapa política. Llegaba la democracia.

En Barcelona, a finales de los 70, era conocido como el Padre Manolo

Convivía con esos chicos mientras ejercía como sacerdote en la Modelo. Entonces era conocido como el Padre Manolo.

«En ese momento empecé a vincularme con el mundo social de Barcelona incipiente. Conocí al hermano Adriano, a Luis Ventosa, al Pare Manel… Eramos todos del mismo grupo. A finales de los 70 y principios de los 80 hubo una ebullición en el ámbito eclesial y social. Nacieron infinidad de entidades de la Iglesia, y otras a partir de iniciativas privadas. Ayudé a nacer a bastantes entidades porque me empecé a convertir en referente organizativo.«

Manuel me explica que la que hoy es la Xarxa d’Atencio a Persones Sense Llar de Barcelona (XAPSLL) nació con el primer Ayuntamiento Democrático de la ciudad. Reunieron entonces a las personas que gestionaban recursos para la gente que estaba en la calle, incluidos los que salían de prisión. Entre las que él se encontraba. La entidad entonces se llamaba Circuito de Marginales. A partir de aquí fue vinculándose a una serie de entidades y fueron creando una manera de trabajar en red que hasta entonces no existía.

Así, desde los 24 hasta los 39 años Manuel Lecha estuvo conviviendo con los chavales que salían de la cárcel y trabajando en prisiones como capellán. Aunque hacía más la labor de un trabajador social o de un educador que la de un sacerdote. Estuvo en la Modelo, en la prisión de Trinitat Nova y en Wad Ras, en la cárcel de mujeres. Con multitud de anécdotas por explicar que se quedan en el tintero por falta de tiempo.

Pero, además de su trabajo en prisiones, a principios de los 80, el cardenal Narcís Jubany le propone crear los Servicios Sociales para Inmigrantes que dependían de su obispado, empezando así a trabajar también con otro colectivo que no era de exclusión social severa.

A los 39 años dio un cambio radical a su vida

Con 39 años, decide dar un cambio a su vida. El marco referencial de una orden religiosa empezó a ahogarlo y decidió dejarlo: «Preferí mi libertad y ser yo mismo a seguir como sacerdote. Lo anuncié con mucho tiempo para poder cumplir mis compromisos. Pensé que si seguía allí, tendría la vida resuelta, pero no sería yo.«

Así, decidió irse, romper con todo, y volver a casa de sus padres. Se fue con 12 años y volvió con 39. En ese momento fue galardonado con el premio del Instituto de Derechos Humanos de Catalunya por toda su trayectoria.

El destino le tenía guardado un premio a su valiente decisión y, a los dos o tres meses, recibió una llamada de la Generalitat para empezar a dirigir los Servicios Sociales de Prisiones en Tarragona, que empezaron a depender del Departament de Justícia. Ahí comenzó una nueva etapa trabajando en la administración.

A los pocos años asumió el mismo puesto en Barcelona, creando también la figura del «Defensor del Preso», que le llevó a visitar todas las prisiones de Catalunya para atender las diversas quejas de los presos.

Dentro de la Generalitat, volvió al ámbito de la Inmigración, pues pasó después a formar parte de la Dirección General de Asuntos Religiosos, dependiente del Departament de Presidencia, trabajando directamente con la comunidad musulmana.

En 2003 Manuel Lecha fue nombrado director del Área Social de San Juan de Dios

Estuvo en la Generalitat unos 12 o 13 años hasta que San Juan de Dios le ofreció hacerse cargo de su Área Social. Esto fue lo que marcó su última etapa laboral, trabajando con personas sin hogar e intentando desarrollar al máximo esta Área en todo el país.

«Mi obsesión siempre ha sido construir hogares»

«En San Juan de Dios me ofrecieron la posibilidad de realizar los sueños que yo tenía. De organizar y hacer crecer muchísimo los proyectos sociales de la orden. También me permitió crear la Fundació Mambré, que era un sueño que tenía toda la vida. Cuando vivi con los chicos de prisión descubrí que el factor que más vincula y que más saca de la exclusión no es el trabajo, no es la inserción laboral.. Es el HOGAR. Mi obsesión siempre ha sido construir hogares. Lugares donde la gente pueda tener su espacio y construir su vida. Entonces no había indicadores de riesgo… Pero yo detectaba que un chaval iba bien cuando me decían ‘vengo a casa’ o ‘estoy en casa’. Cuando hablaban de ese espacio como ‘su casa’, pensaba que esa persona se salvaba.» – apunta Manuel.

Cuando Manuel Lecha llegó a San Juan de Dios tenían sólo un albergue para 50 personas. Actualmente, San Juan de Dios dispone en Barcelona de los Centros Residenciales Creu dels Molers y Hort de la Vila; además de viviendas individuales y compartidas; y todas las que ofrece la Fundació Mambré. Todo ello impulsado por él.

«Una de mis grandes funciones ha sido ir creando redes. La Fundación Mambré es el resultado del trabajo entre varias entidades«. – afirma Manuel.

Una vez jubilado, Manuel Lecha sigue trabajando con varias entidades, entre ellas la Fundación Ared o la Fundación Sanitaria Mollet.

«Necesitamos gente compasiva»

Manuel afirma que en estos años el cambio en el mundo social ha sido «brutal«: «Hemos pasado de tener mucha iniciativa privada a que las administraciones poco a poco se hayan ido haciendo cargo de la situación. Es un campo en el que siempre habrá por hacer. Se ha crecido en estructuras de ayuda, pero siguen haciendo falta personas compasivas. La compasión no es que alguien te de pena. Es ‘padecer con’. Necesitamos gente compasiva. Pero ¿cómo nos estamos educando? Si vivimos en constante competitividad… Esto depende de cada persona, de cómo nos posicionamos ante lo que pasa a nuestro alrededor. Podemos dejarlo pasar, creyéndonos superiores o acercarnos.

Las administraciones tienen que hacer todo lo que esté en su mano. Pero la transformación social no la hace un partido político, la hacen las personas si nos transformamos nosotros. Hemos progresado socialmente, pero como personas, como colectivo, ¿hemos mejorado? Esta es la clave. Yo aún sigo viendo actitudes discriminatorias.» – señala.

Manuel apunta también que «Las estructuras sociales son excluyentes. Causan víctimas. Es un mal endémico de la sociedad en la que vivimos. El tipo de vida que vivimos causa víctimas. Lo podemos ver en nuestras calles. El mercado de precios de la vivienda y el mercado laboral no casan. La gente no puede vivir dignamente con lo que cobra y eso va creando brechas. Pero aparte de todo esto, hay también brechas que dependen de dónde nazcas. No es lo mismo nacer en Sarria que en La Mina.«

«No me gusta la palabra reinserción. Yo hablo de vivir con dignidad.»

Una de las grandes cuestiones que nos planteamos respecto a las personas en riesgo de exclusión es si realmente logran reinsertarse en la sociedad. Manuel Lecha lo tiene claro: «No me gusta la palabra reinserción» – afirma. «Yo hablo de vivir con dignidad. ¿Qué parámetros utilizamos para decir que una persona está reinsertada? Que tenga un trabajo, que tenga una casa, y que se comporte socialmente bien. Pero estos parámetros no siempre se pueden utilizar. Una persona está reinsertada cuando puede vivir con dignidad según sus posibilidades. Y yo he visto a muchas personas que llegan a hacerlo. Confían en ellos mismos, recuperan la autoestima y viven dignamente.«

¿Cómo se logra esa dignidad? -le pregunto. Él responde: «Desde los recursos sociales, económicos y de vivienda hasta el acompañamiento personal y sobretodo, logrando que cada cual encuentre su lugar en la vida. Que encuentren sus espacios de crecimiento personal. No podemos limitar la reinserción a lo puramente material: tengo un trabajo, dinero y un estatus social. El estar vivo dentro de la sociedad es ser digno y sentirme mínimamente útil, apreciado y ser uno mismo. ¿Qué buscamos todos? Que nos quieran, tener a alguien que nos sonría. La dignidad de la persona está en que pueda sentirse bien. Los de lo social tendemos a las grandes cosas y caemos en la tentación de decirles a los demás lo que tienen que hacer y lo que debemos hacer es acompañarles.«

«La cultura dignifica»

Acabamos la conversación hablando de la cultura, de su vinculación con el mundo social. ¿Puede la cultura ayudar a las personas más vulnerables? «Es uno de los grandes retos.» – me responde Manuel- «La cultura dignifica y da espacios de libertad y de pensar de otra manera. Para mí es fundamental. Todos estos chicos de los que te hablaba vienen de ambientes donde los espacios culturales son prácticamente nulos.«

Queda camino por recorrer. La gran lección que extraigo de esta conversación con Manuel Lecha es que todos estamos vinculados con el mundo social, y todos podemos colaborar con la transformación de nuestra sociedad. El secreto no está en los grandes actos, sino en los pequeños gestos. En la unión, en la creación de redes colaborativas, en vivir la vida con pasión e invitar a los demás a que hagan lo mismo. Tal y como hace Manuel.