Hace tiempo vi una serie llamada The Affair. En ella se mostraba una relación amorosa desde dos perspectivas diferentes. La primera media hora de la serie se mostraba una situación bajo la perspectiva de la chica. La segunda media hora se mostraba la misma situación pero bajo la perspectiva del chico. La historia era completamente diferente.

La serie pretendía mostrar cómo cada persona vive su propia película de una misma situación. Es así. Lo explica Don Miguel Ruiz en su libro ‘Los 4 Acuerdos’. Cada uno de nosotros vivimos la vida bajo nuestra perspectiva. Podemos sentir un dolor infinito ante un hecho provocado por otra persona y, ésta, ser totalmente ajena a lo que nos ha pasado porque no se ha dado cuenta de que la acción que ha realizado te ha hecho daño.

Nos afecta nuestra sensibilidad, nuestras heridas del pasado, nuestras creencias, nuestra historia y nuestra manera de pensar.

Víctimas y verdugos

Recientemente me están sucediendo diversas cosas que me hacen reflexionar sobre este tema. Es evidente que es algo muy frecuente en nuestras vidas.

A veces estamos en el lado del “sufridor/víctima” y en otras ocasiones en el lado del “verdugo”, el que causa dolor a otras personas sin querer. O queriendo, pero sin tomar responsabilidad por tus acciones.

Es bastante impresionante cómo algo tan básico pasa desapercibido en la sociedad. Desapercibido o ignorado por completo.

Ponerse en la piel de la otra persona o tratar de entender qué le pasa o cómo esta viviendo una situación es la clave de la empatía. La empatía no es tratar de imaginar lo que debe estar sintiendo la otra persona pasada por tu filtro; sino teniendo en cuenta cómo es esa persona.

En estos días me siento enfadada por varias cosas que suceden a mi alrededor en las que parece que nadie se de cuenta del malestar ajeno.

El ombliguismo

Quizás sea consecuencia del «ombliguismo». Acabo de descubrir que esta palabra existe en la RAE y significa «Tendencia a considerarse el ombligo del mundo. Cuando una persona tiene una actitud egocéntrica y autocomplaciente.»

No vamos más allá. Estamos construyendo una sociedad que tiende hacia el individualismo. Quizás sea negativa, pero lo que observo a mi alrededor es eso. Las personas nos vendemos como empáticas, comprensivas y tolerantes pero, en un momento determinado, nos quedamos estancadas en nosotras mismas y no vemos más allá. No nos ponemos en los pies del otro. Estamos perdiendo el sentido de la comunidad.

Permitidme una pausa. Estaba releyendo este artículo y he pensado «creo que estoy teniendo un tono demasiado negativo», y he empezado a buscar artículos por internet. He ido a parar a uno de mi apreciada Teal Swan publicado hace un par de días que justamente habla sobre esto «La Gran Enfermedad de la Independencia» y he pensado: OK, no voy mal, estoy en la línea de lo que pasa actualmente en nuestra sociedad.

Os animo a leer el artículo de Teal (se puede traducir con internet). Es tremendamente interesante. Pero destaco esta frase «Muchos terapeutas están diciendo que para sanar hay que aprender a estar solo, confiar en ti mismo y cubrir tus propias necesidades […] Hemos perdido por completo el contacto con la verdad y la realidad que es que los humanos somos seres sociales.»

Somos seres sociales

Necesitamos de la comunidad para sobrevivir. Necesitamos «pertenecer», ser un equipo, sumarnos. Saber que donde yo no llego, tú llegarás. Necesitamos confiar en otras personas. Hacer grupo. Divertirnos unos con otros. Abrazarnos. Saber que importamos a los demás. Necesitamos que nos entiendan, nos comprendan y nos amen tal y como somos. Lo necesitamos, por mucho que se apoye el individualismo.

Pero la combinación de un ego inflado y una empatía reducida está afectando profundamente nuestras relaciones y, por ende, nuestro bienestar se tambalea. Estudios muestran que las personas con bajos niveles de empatía tienen menos relaciones significativas, sufren más aislamiento, y presentan mayores niveles de ansiedad y estrés. Además, la baja empatía se correlaciona con mayor agresividad, dificultad en la resolución de conflictos y menor capacidad de colaboración.

Por mucho que no nos guste, la sociedad actual -tal y como está configurada- nos impulsa al «ombliguismo» y a competir por la atención. Sin embargo, la ciencia es clara: sin empatía no hay comunidad, no hay bienestar, no hay humanidad. Sólo con la «conciencia colectiva», con tratar de ponerse en el lugar de la otra persona, y mirar hacia afuera en lugar de hacia adentro, podremos impulsar el cambio.

En un contexto de hiper-individualismo, reconectar con el otro se convierte en un acto profundamente revolucionario. Cultivar la empatía y aprender a regular el ego no solo mejora nuestras relaciones, sino que también fortalece el cerebro y promueve nuestra salud mental. Al final, el «yo» se define, inevitablemente, en presencia del «tú», donde adquiere su verdadero sentido.

No hagas a los demás lo que no te gusta que te hagan a ti. Recuerda quién fuiste para valorar quién eres. No es tan difícil formar parte de un equipo de iguales. Rompamos las jerarquías, el clasismo y los egos. Todos somos uno. Juntos todo es posible. A veces lo olvidamos.