Con el paso de los años he aprendido a ser algo menos restrictiva de lo que lo era en cuanto a las relaciones interpersonales.

Antes, juzgaba en exceso a personas que acababa de conocer y, si no sentía cierta conexión, me alejaba permanentemente de ellas. Las consideraba «personas non gratas» y trataba por todas las maneras de no acercarme a ellas. No les daba ni una oportunidad. Cero.

Con el paso de los años, y con mi incorporación a nuevos equipos de trabajo, decidí «abrirme de mente» y tratar de no prejuzgar a nadie y dejar que las cosas fluyeran. Traté de llevarme bien con todo el mundo. No sé si es algo imposible. Yo creo que no. Pero sé que much@s piensan lo contrario.

Cuanto más oportunidad ofreces a las personas de acercarse a ti y más te acercas a ellas, tienes la capacidad de descubrirlas y tratar de encontrar los puntos que tienes en común a ellas. Siempre hay cosas que unen a unas personas con otras. Siempre. Se trata de intentar descubrir los puntos en común. El problema es que no siempre hay tiempo y/o interés para hacerlo.

Cuando se va construyendo esa relación «sin etiquetas» entre una persona y otra, vas descubriendo capas y viendo, cosas que te gustan más, y otras que te gustan menos. Pero, tengo clarísimo que si hay interés por las dos partes, siempre puedes llegar a establecer una relación de cierto afecto. Siempre.

De hecho, Rafael Santandreu en su libro dice que nos podríamos enamorar de cualquier persona que nos cruzáramos por la calle si quisiéramos. Así al principio, parece extraño, y yo misma cuando lo leí dije «sí, hombre, va!» pero creo entender lo que quiere decir: que si quisiéramos, podríamos ver las excelencias de la otra persona y ensalzarlas, y crear un vínculo especial con ella. Si QUISIÉRAMOS.

¿Cuál es el problema? Nuestros propios juicios de valor y las terceras personas. Queramos o no, la opinión de los demás nos sigue afectando. Al menos a mí. Sobretodo si esos «demás» son importantes para ti.

Creo que una relación «entre dos» es más fácil de construir y de cuidar que una relación entre varias personas. Y, de hecho, las relaciones entre varias personas han de estar sustentadas por excelentes (o como mínimo buenas) relaciones «entre dos». Cuando algo falla en esas relaciones «entre dos», afecta al grupo ineludiblemente y aquí, empiezan los «problemas».

Y el «problema» real está en que muchas veces dos personas, sea por el motivo que sea, no creen necesario «cuidar» su relación. No hablan de lo que sienten una respecto a la otra, no les comunican cuándo ni cómo se han sentido heridas y, lo peor, se cierran en banda y deciden alejarse de esa persona y no querer tener nada que ver con ella.

Bien, la actitud puede ser más o menos radical lo que, en el caso de que esas dos personas formen parte de un grupo, afectará en mayor o menor medida a ese grupo. Pudiendo llegar a destruirlo por completo si no hay un buen soporte emocional entre los integrantes.

No estoy hablando de relaciones románticas ni de pareja. Estoy simplemente hablando de amistades o de grupos de conocidos, o de un equipo de trabajo.

Siempre me he posicionado a favor del diálogo y de «hablarlo todo», pero también el paso de los años me ha hecho ver que hay veces que es imposible hablar con otra persona sobre lo que sientes, porque no está en tu misma línea y, simplemente, debes aceptarlo. Creo que, ante un conflicto, hay cuatro opciones:
1. hablar del conflicto y llegar a un punto común y seguir manteniendo la relación (sea del tipo que sea, insisto)
2. hablar del conflicto, no llegar a un punto común y romper la relación
3. no hablar del conflicto y aceptarse mutuamente, quererse igual y seguir adelante con la relación sabiendo cómo es la otra persona.
4. no hablar del conflicto y distanciarse

A mi alrededor, según mi experiencia, en la mayoría de ocasiones no se habla de los conflictos y las personas se siguen queriendo igual (aunque a veces con algún rencor); pero, hay ocasiones en las que ocurre el punto 4 y las personas se distancian. Eso me da mucha pena.

Para mí, lo ideal, es el punto 1. Hablar y solucionar los temas. Siempre que lo he hecho (y que lo hago) todo ha sido (y es) mucho mejor. Las relaciones se fortalecen porque aceptamos la perspectiva del otro y le queremos igual. Y nos quieren igual.

Una de las muchas cosas buenas que me enseñó mi padre cuando era pequeña y que me repetía hasta la saciedad es que debemos ser TOLERANTES con los demás. Tratar de entenderlos y aceptarlos tal y como son. Ahora con el tiempo entiendo mucho mejor lo que quería decir.

Ninguno de nosotr@s es perfecto. Tod@s tenemos mil defectos y virtudes. Creo que las relaciones interpersonales se sustentan en el tiempo cuando conocemos y aceptamos a las personas tal y como son, con sus defectos y virtudes, o con lo que nosotr@s consideramos sus defectos que, evidentemente, están pasados por nuestro filtro único.

Uno de nuestros mayores hobbies (y yo me incluyo aunque no me guste demasiado esa parte de mí) es compartir con alguien que sabes que piensa lo mismo que tú las opiniones «negativas» que tienes sobre una persona. «Has visto lo que ha hecho? Será … Es que ya le vale, siempre está igual y bla bla bla«. Y la otra persona se suma «Ah, y sabes qué hizo también? y bla bla bla…» Nos enfrascamos en conversaciones eternas sobre esa persona a la que, pobre, le acabamos haciendo un traje nuevo.

Yo confieso que a veces lo hago, pero no me parece bien hacerlo. Porque, lo que siempre pasa, es que luego hablo con la persona «del traje nuevo» y logro entender totalmente su perspectiva. Por mucho que no comparta sus opiniones, puedo tratar de ver cómo piensa y entender por qué actúa como lo hace. Aunque no me guste lo que hace. Lo entiendo. Aunque yo no hiciera lo mismo. Puedo entender el por qué ella sí.

Pensamos que somos perfectos y no lo somos. Pensamos que actuamos “bien” y esa persona lo hace “mal” y no es así y, lo peor, es cuando encontramos “aliados” que se rigen bajo nuestros mismos parámetros. Entonces ya sí que no sólo creemos que somos realmente perfectos, sino que asumimos que lo somos. Ahí, la persona objeto de la “crítica” ya no tiene nada que hacer y no deja de sumar puntos negativos. La defenestramos por completo. 

Creo que si juzgáramos menos y si fuéramos más tolerantes, lograríamos mantener unas relaciones más sanas. Sin rencores. Sin huidas y sin desagradables rechazos y desplantes.

No es fácil, porque se trata de abrirnos y darnos cuenta de que juzgamos todo bajo unos parámetros que podríamos modificar sin problema. Siempre queremos que los demás cambien y no pensamos que quizás lo más fácil es que cambiemos nosotros.

Evidentemente, hay personas que con el paso de los años dejan de formar parte de tu vida. E incluso hay veces que debemos protegernos si vemos que la relación con una persona nos está haciendo daño. No quiero decir que todo valga. Debemos marcar límites. Pero hay muchas otras ocasiones en las que actuamos con «radicalidad» anclándonos en nuestra postura dejando escapar relaciones que nos podrían aportar buenos momentos. 

Lo que ocurre es que las personas que se nos cruzan en la vida, especialmente aquellas que nos irritan, son espejos que nos muestran cosas de nuestro inconsciente que no queremos ver y, si simplemente nos alejamos de ellas sin mirarnos a nosotros mismos, esas “personas” volverán a nuestras vidas con otros nombres y otras apariencias para ayudarnos a resolver ese conflicto. Es la Ley del Espejo.

Pienso que debemos ponernos un poquito en cuestión y destruir nuestros propios «principios» para construir otros nuevos y tolerar a las personas tal y como son. Luego, el tipo de relación que queramos mantener con ellas es otra cosa. Puede ser más cercana e íntima o más superficial pero, como mínimo, será respetuosa y cálida.

En mi caso, admito que hay personas que actúan de una forma que yo rechazo pero trato de mirar más allá y, localizar y potenciar los puntos en común si en algún momento he de compartir algo con esa persona. No será mi “amiga íntima”, pero sí puedo establecer con esa persona una relación de cierta afectuosidad. 

Por otro lado, a veces la gente que más queremos son los que nos han hecho más daño en la vida. Y les queremos igual. Por qué utilizamos un «rasero» diferente con unos y con otros? Probablemente porque, de manera natural e instintiva, nos gustan más unas personas que otras. Nos caen mejor. Ni más ni menos. Es así de simple.

Actuamos por instinto, por conexiones, por intuiciones y… en muchos casos, también por unos parámetros de lo «tolerable» y de lo «intolerable» que nosotr@s mismos nos hemos creado; o que han sido creados por nuestro entorno.

Propongo que nos planteemos destruir esos parámetros y construir relaciones desde la total apertura, con absoluta tolerancia y con el objetivo, no de crear amistades profundas, sino de llevarnos simplemente bien con las personas que nos rodean y forman parte de nuestra vida.

¿Qué pensáis vosotr@s?